La guerra de Ucrania y el declive de las libertades en Europa

«Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban
los tiempos recios y que podría ser me levantasen
algo y fuesen a los inquisidores.»
—Santa Teresa de Jesús

Un monstruo recorre Europa: el declive de las libertades. Y, por lo tanto, el declive de la propia democracia. Ningún país europeo ha escapado de ese monstruo. Tampoco Rusia, que también es Europa. Ni tampoco España.

Europa viene perdiendo libertad desde ya hace algún tiempo. Lo vimos con la crisis del COVID, en la que la población aceptó los arrestos domiciliarios y la imposición de bozal y vacunas e incluso aplaudían con mansedumbre desde el balcón. Con la guerra de Ucrania el aro se ha estrechado y la libertad de expresión que hace 15-25 años teníamos se desvanece, vapuleada y acosada por los burócratas de Bruselas y por narrativas distorsionadas emitidas por medios pagados al servicio del Sistema.

Europa o, mejor dicho, la UE, va en rumbo de colisión. Lo que en su día fue un sólido edificio hace aguas y se le abren grietas por todas partes. Pero, de todos los males, el peor es el declive de las libertades, y de ellas sobre todo la libertad de expresión. Declive consustancial con los dos mayores vicios de una UE, que ya muchos empezamos a llamar la UERSS: una burocracia asfixiante, por un lado, y una excesiva reglamentación por otro.

Vayamos a los hechos. Son éstos:

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En favor de Ucrania

¿Luis Fraga toma partido por Ucrania? Sí, por el país, por sus gentes, por ese hermoso país cuyas élites (llamémoslas así) han llevado a la perdición.

A quienes hemos vivido y trabajado en la Ucrania de principios de siglo nos invade un sentimiento de profunda nostalgia cuando recordamos lo que fue aquello.

Conocí y viví lo que fue aquella Ucrania. Y, ante todo, he de levantar acta de la inmensa calidad humana de ucranianos y ucranianas. Gente amable, trabajadora y hacendosa, a veces algo impulsiva, aunque muy noble. Se vuelcan para ayudar a quien tiene un problema, y si alguien tropieza en la calle y cae al suelo siempre todos acudirán a socorrerle. Buena gente.

Y, además, la belleza del país. Bellos ríos, bosques y llanuras nevadas en invierno, pero rebosantes de vida en verano en el país con el mejor suelo fértil y el mejor granero de Europa. Bellos monasterios e iglesias en todo el país, pero sobre todo en Kiev, lugar de inmensa fuerza telúrica donde con razón se fundó Rusia en el siglo IX ante las milenarias aguas del ancho y poderoso Dniéper. Todo allí es belleza en el país con impresionantes paisajes, monumentos, y las mujeres más guapas del mundo.

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Ucrania: grandes errores

Pese a haber tenido al mundo en vilo el sábado 24 de junio, la revuelta armada de los mercenarios de Wagner no pasó de ser una breve tormenta con truenos pero sin rayos y sin apenas muertos; un rifirrafe entre egos más cercano al teatro que al póker. El asunto era potencialmente peligroso, sin duda. Y ello porque si la cosa hubiese ido en serio y, aprovechando el caos, Ucrania hubiese acabado por entrar en Crimea, es seguro que desde el Kremlin se hubiesen usado las armas nucleares. Escenario que, con todo, sigue siendo posible.

En realidad, el episodio sirve de recordatorio de algo de mucho mayor calado: la inmensa cantidad de grandes errores (y en el motín de los Wagner vimos algunos) que por casi todas las partes se han cometido en Ucrania.

Recordemos que la causa de todo error de cálculo suele ser, casi siempre, un previo error de percepción. Y la equivocada percepción de la realidad en Ucrania ha provocado un conflicto que se concreta en un cúmulo de errores de casi todas las partes: Europa, Ucrania y Rusia. Y un beneficiario: USA.

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Carta a un amigo ucraniano. Claves y reflexiones sobre el conflicto de Ucrania

(Nota inicial: el nombre “Dmytro” es ficticio para que mi amigo no sea identificado y represaliado. Pero la persona existe, y está en Ucrania, de donde no puede salir)

Querido amigo Dmytro:

Durante el tiempo que estuve en Ucrania (país al que como sabes desde 2018 no he podido regresar) te convertiste en uno de mis mejores amigos. Nos veíamos con frecuencia a almorzar, o en reuniones de trabajo, y te solía comentar algunos de mis pasos en negocios o en política ucraniana. Y hasta en España quedamos un día a comer cuando viajaste a Madrid por tus negocios.

Además de sumamente inteligente, eres persona noble y de fiar. De las pocas personas a quienes nunca he visto un gesto mezquino. Así sois los ucranianos: nobles. Ya conoces el alto concepto que de vosotros tengo, y conoces además lo mucho que quiero a tu país. Así sois los ucranianos: de fiar, y por eso no tuve problema en contarte muchas cosas de Ucrania de las que me iba enterando por mi actividad (incluso te adelanté confidencialmente la futura composición de parte del gobierno que iba a formar Yanukovich) y hasta te presenté en 2016 a mi novia ucraniana de aquel año, que al final supe que era una espía y por eso, por saberme constantemente vigilado a partir de 2016 por mi participación en el “Instituto para la Paz”, desde 2018 no he regresado a Ucrania.



Por tu indudable sentido común, has triunfado en el mundo de los negocios. Pero ello no te ha impedido tener, también, fino criterio político y conocimiento del mundo. Eres persona de categoría. Y por ello seguimos en contacto y nos escribimos dos o tres veces al mes. Respondo a muchos de tus correos o mensajes de Telegram, pero ante muchos de ellos he guardado silencio. Por eso ya hemos pactado que te enviaría una carta larga en respuesta a los mensajes que no he respondido y la publicaría en “El Manifiesto”. “Dmytro” es el alias que elegiste. No es mal nombre.

¿Por qué no respondo a muchos de tus correos? La pregunta es razonable, pero la respuesta es difícil sobre un asunto tan delicado como este. Esta carta-artículo es la respuesta, sí, pero he de medir cada palabra. Veamos:

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Rusofobia e hispanofobia: historias casi paralelas

Quienes visiten la biblioteca del Monasterio de El Escorial pueden ver, cerca del retrato de la bella Isabel de Portugal, varios mapas de Eurasia del siglo XVI y anteriores. España entonces dominaba el mundo, y se entiende que en la más rica biblioteca del Imperio estuviesen los mejores mapas de lo que entonces era el mundo cartografiado. Busque, quien quiera, Rusia en esos mapas de el Escorial. No la encontrará. Se ve, en cambio: “Tartaria”. A los rusos que visitan esa biblioteca esto les hace mucha gracia.

¿Rusofobia? No. No había rusofobia en el siglo XVI porque lo que hoy conocemos por Rusia no existía. Había, en cambio, una fortísima hispanofobia alentada por holandeses, ingleses y franceses, a la sazón los enemigos de España. Hispanofobia. Una Leyenda Negra creada por un solo motivo: que España era la potencia dominante en el mundo y que, además, defendía la fe de Roma frente a las dogmáticas herejías anglo-teutónicas contra Roma que habían surgido en el peculiar (y más tarde demasiado prepotente) Norte de Europa.

Sabido es que la Leyenda Negra sobre España es, sin duda, la primera y más intensa y prolongada operación de propaganda internacionalmente orquestada contra una gran nación. Campaña que duró varios siglos e incluso se mantiene en la actualidad, empujada por Hollywood y los medios anglosajones, contra todo lo hispano en Hispanoamérica, la heredera de España. Pero esa hispanofobia, esa guerra cultural de siglos contra todo lo hispano, ha tenido éxito. Y, lo peor, hasta algunos españoles descerebrados (y hasta algunos rusos o ucranianos descerebrados, o diversos necios en otros países) han acabado por creerse todas las mentiras vertidas contra España y todo lo hispano.

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