La guerra de Ucrania y el declive de Europa

El mundo ha cambiado. Hace veinte, veinticinco años, Europa era el centro del mundo y el resto de países admiraban el éxito de la UE y del euro. Pero eso ha dejado de ser así.

Europa, en el actual mundo multipolar de geometría variable, ya estaba en declive como cinco años antes de la guerra de Ucrania. Pero esta guerra ha acelerado ese declive hasta niveles que ni el más pesimista de los analistas hubiese podido imaginar hace diez y no digamos quince años.

Las consecuencias de la guerra de Ucrania son y serán mucho mayores de lo que nadie podía haber previsto. Sobre todo para la decadente y desorientada Europa. Los movimientos tectónicos que causará y está causando esta guerra son innegables.

Es un hecho: la guerra de Ucrania ha hundido a Europa. La guerra, y sus pésimos políticos: los peores de toda su historia. Veamos por qué.

I. Europa, derrotada

  1. Europa ha perdido, junto con la OTAN, la guerra de Ucrania. Los miles de millones malgastados en enviar armas a Ucrania no han impedido el dominio de las tropas rusas en una lenta guerra de desgaste en la que Rusia seguirá avanzando. Y gran parte de esos miles de millones enviados a Kiev han acabado en bolsillos de corruptos políticos ucranianos, y muchas de las armas en manos de terroristas en otros lugares del planeta.
  2. Pudo firmarse una paz en Estambul en 2022 al principio de la guerra, en abril de 2022. Pero, con el beneplácito europeo, Boris Johnson , enviado por Biden, viajó a Kiev para cargarse el acuerdo al que rusos y ucranianos habían llegado en Turquía. Argumentación occidental: “podéis ganar la guerra y os daremos armas y ayuda; no firméis la paz”. Resultado: un millón de muertos ucranianos y rusos en una guerra que nunca debiera haberse producido y que podría haberse parado. Y encima pierden la guerra. Colosal dislate.

II. Europa, en clima prebélico

  1. Pese a haber sido derrotada en la guerra de Ucrania, Europa quiere más guerra. Suenan tambores de guerra en Europa. Los pésimos políticos en Europa nos preparan para ella, con la ayuda de los medios de comunicación sistémicos.
  2. Francia y Alemania (y Finlandia) se rearman. Y de nuevo implantan el servicio militar. El enemigo, al parecer, es Rusia. Pero: ¿va a invadir Rusia a Francia y Alemania o Finlandia? Nadie con dos dedos de frente puede creerse eso. Ni siquiera tomarán la mitad de Ucrania, ni tampoco se meterán con Polonia o los países bálticos. Pero es la cantinela oficial:” ¡Que vienen los rusos!”, dicen. Hasta ponen fecha: 2029. Gran bobada para engañar a la gente.

¿Qué hay detrás de todo ello? Muy sencillo: que tanto Francia como Alemania son productores de armamento. Interés comercial y económico, pues. Keynesianismo militar. Complejo militar-industrial. En toda guerra el principal factor es casi siempre el económico.

Tambores de guerra en Europa, por lo tanto. Pero, a la vez, Europa derrotada en Ucrania. Un disparate.

  1. Pero, al margen de Francia y Alemania (y, por supuesto, el Reino Unido) los campeones de la locura antirrusa en Europa son el cuarteto entre Polonia y los tres países bálticos: Estonia, Lituania y Letonia. Ellos sí odian a Rusia. Razones históricas, por supuesto. Rusofobia. Pero son los primeros interesados en arrastrar a Europa a la guerra con Rusia. ¡Mucho cuidado con ellos! Nos quieren llevar a la catástrofe para favorecer sus propias obsesiones furibundamente antirrusas.
  2. Todo esto, alentado por el tándem más antirruso (¿y antieuropeo?) del mundo: la nefasta von der Leyen y la inaudita Kaja Kallas, comisaria europea de Asuntos Exteriores, que no sabemos si tal vez se han escapado de algún manicomio. Ambas quieren la guerra. Borrell, su antecesor en el cargo, era un incompetente, sí, pero con mil veces más juicio que Kallas, experta en declaraciones ridículas que nadie puede tomar en serio. Con razón no es recibida en la Casa Blanca.
  3. Nada de extraño, por lo tanto, que la UE con el Reino Unido hayan intentado descarrilar el Plan de Paz de Trump (de momento, un borrador sobre el que empezar a negociar con Rusia) mediante una contrapropuesta ridícula que le exige a Rusia reparaciones de guerra (¡al vencedor de la guerra se le exigen reparaciones!), lo cual no merece la pena ser tomado en serio, pero sí profundiza en el desprestigio de Europa, cuya posición en este asunto ha dejado de ser tenida en cuenta.
  4. Pero hay una siniestra lógica oculta en los grotescos intentos europeos de hacer descarrilar el plan de Trump (cuya Administración sí entiende de verdad esta guerra) , puesto que, al incluir dicho plan que Rusia se compromete por ley a no atacar a país europeo alguno (y Putin ya ha dicho, para empezar a hablar, que en este punto sí está de acuerdo), los belicistas europeos tipo Macron, Merz, Starmer o von der Leyen quedan en evidencia y sin argumentos para llevarnos a la guerra y con razón condenados a acabar en el basurero de la Historia. No olvidemos, además, que hay halcones en Washington (movidos por el complejo militaro-industrial) y en Moscú (patriotas acérrimos fundamentalistas) contrarios a la paz. No es el mejor momento para que también Europa ponga trabas. Sobre todo si tenemos en cuenta que el hecho de que Rusia vaya ganando esta guerra hace poco atractivo para ella una paz cogida con alfileres: les interesa más la rendición incondicional, aunque sea disfrazada de Tratado de paz. Y ésta es la apuesta del Kremlin. Veremos qué pasa con el plan de Trump. Tal vez quede en papel mojado y la guerra se decida en el campo de batalla. Rusia no se fía porque ya le engañaron dos veces en Minsk I y Minsk II.
  5. Rearme de Europa. Está claro lo que eso significa. Pero, más que rearme, a Europa lo que le hace falta es una sólida y bien diseñada arquitectura de Seguridad. Y es sabido que ésta sólo se logra mediante el equilibrio de la disuasión con la cooperación y la diplomacia. Pero Europa sigue anclada en una narrativa de hace años que sólo busca la queja y la disuasión mediante el rearme y excluye cualquier cooperación o diplomacia, hasta el punto de que las embajadas de la UE en Moscú tienen instrucciones de limitar los contactos y el diálogo con Rusia. Demencial, pues a la vez quieren estar en las negociaciones. Ofende a la más elemental lógica. Hay que encontrar, en cambio, un equilibrio con Rusia. Y la confrontación nunca trae el equilibrio.
  6. Añadamos a esto lo siguiente. Se ha dicho que el plan de Trump beneficia sobre todo a Rusia y que ha sido inspirado por el Kremlin. Falso. Es sobre todo a Ucrania a quien beneficia, pues de no aceptarlo seguirán muriendo ucranianos en la trituradora de carne y, una vez que las Fuerzas Armadas de Ucrania colapsen, Rusia podrá tomar Odesa —donde tal vez se firmaría la capitulación—, Sumi, Járkov, e incluso Dniepropetrovsk o Chernígov . El plan de Trump (insistamos: tan sólo un borrador para empezar a hablar) es lo mejor que a Ucrania le puede pasar. Si no lo aceptan, la guerra se decidirá en el campo de batalla con peores resultados para Ucrania.
  7. Con todo, Europa debería construir una nueva narrativa si quisiera lograr la paz. Anclada en el relato de hace tres años (según el cual Putin invade Ucrania por imperialismo en una guerra no provocada, cuando su objetivo era y es impedir la entrada de Ucrania en la OTAN y que Ucrania no sea para Rusia una amenaza existencial), la cooperación con Rusia es imposible y por lo tanto los intentos occidentales para lograr la paz quedan sólo en manos de EE. UU., que con habilidad han sabido cambiar de perspectiva y enfocar el punto de vista del contrario, porque han visto con claridad que la pretensión de incorporar Ucrania a la OTAN ha salido muy mal. Es así, cambiando de perspectiva, como se logra la paz. Y la UE, movida por Polonia y los bálticos, no lo hace. ¿Guerra europea contra Rusia? Absurdo. Lo que tiene que hacer Europa es defender nuestras fronteras contra la inmigración ilegal, incluso con medios militares.

III. Europa, arruinada

  1. Europa recibía gas y petróleo de Rusia a precios razonables. Era, de hecho, la alianza ideal: Rusia aporta energía y Europa tecnología e inversión. Eso ahora se ha roto, tal vez para varias décadas, puesto que, pase lo que pase, la relación entre Rusia y Europa queda tocada y envenenada. Y sin energía barata viene el declive económico: más inflación, menos crecimiento (Alemania roza la recesión), empresas que cierran, más paro…, declive económico.
  2. Pero ¿cuál sería el resultado real de multiplicar el gasto militar para favorecer a la industria armamentística? Muy claro: más impuestos y menos gasto social. Y hasta el propio Merz lo ha reconocido. La factura la pagarían los ciudadanos. Vienen malos tiempos para los europeos. Y buenos años (pero Dios no lo quiera) para las empresas de armamento. Indignante.

IV. Europa, rota y dividida

  1. ¿Qué es Europa? Una amalgama de naciones acogidas al Tratado de la Unión. Pero no es un cuerpo homogéneo. Y, en lo que respecta a la ayuda militar y económica a Ucrania, hay grandes diferencias de criterio. Hungría y Eslovaquia (y pronto la República Checa si por fin le dejan formar gobierno a quien ganó las elecciones) van a contracorriente y no sólo se oponen a la ayuda a Ucrania, sino que siguen comprando energía a Rusia. Europa rota, por lo tanto.
  2. Pero tampoco en Francia, Alemania o el Reino Unido hay unanimidad sobre el rearme de Europa. La oposición no está de acuerdo. Y la gente tampoco está de acuerdo con lo que deciden esas clases rectoras. Ni la oposición en Francia suscribe esa doctrina, ni menos aún la oposición de la AfD en Alemania, que además ganará las siguientes elecciones nacionales tras el fracaso del nefasto Merz. Europa dividida, pues. Lo cual es lógico, pues nunca hay unanimidad en la locura.

V. Europa, arrinconada y aislada

  • El mundo eurocéntrico que Europa dominó desde el siglo XV ya es cosa del pasado. El actual es un mundo multipolar de geometría variable, con China y la India como potencias emergentes y los BRICS en franca expansión, y en el que Europa cada vez cuenta menos.
  • El viejo orden mundial ya no existe, pero el nuevo aún no ha surgido. Veremos cambios que no se han visto en siglos. Y Europa ha de levantar acta de que ya no es el centro del mundo, cuyo eje desde hace años viene desplazándose hacia el Este, donde organizaciones internacionales como la ASEAN, la CEI o la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái) cada vez cobran más fuerza
  • Europa no puede ni debe aislarse de los grandes cambios geopolíticos que anticipan el nuevo orden mundial que aún no ha surgido. En este sentido conviene recordar que en la última Conferencia de Seguridad Euroasiática en Minsk en octubre de 2025 sólo fuimos siete representantes europeos, y además (salvo Hungría) sin respaldo de nuestras embajadas. Lástima, porque surgieron propuestas interesantes, como la planteada por Belarús para firmar en el continente euroasiático una “Carta Euroasiatica por la Multipolaridad y Diversidad” que, visto lo visto, no parece interesar demasiado a la UE, anclada en una retórica trasnochada y en una política de bloques.

VI. Europa, deslegitimada

La insensata propuesta de la UE de confiscar los fondos soberanos rusos depositados en Europa, más de 183.000 millones de euros, para dárselos a Ucrania (y que acaben en los bolsillos de políticos corruptos) es más propia de una república bananera que de toda una U.E. ¿Dónde está la seguridad jurídica? ¿Dónde está el Estado de derecho? Con razón, Bélgica, país donde la mayoría de esos fondos están depositados, se niega a semejante robo, pues teme las consecuencias legales y financieras de semejante disparate contra el derecho internacional, que sólo sufriría Bélgica. La UE ha demostrado ser incapaz de dar lecciones en materia de fiabilidad y de seguridad jurídica.

VII. Europa, desinformada y manipulada

  1. Conocido es desde siempre el viejo dicho según el cual en toda guerra la primera víctima es la verdad. Y haya guerra o no, el público europeo siempre ha estado desinformado en mayor o menor medida. Pero con esta guerra la desinformación y las mentiras sistémicas y sistemáticas y las narrativas engañosas han alcanzado niveles nunca vistos anteriormente. Casi todo lo que transmiten los medios es mentira. ¿Vuelan los gasoductos? La prensa escribió que había sido Rusia, cuando luego se demostró que fue Ucrania. Y lo mismo con la voladura de la presa del Dniéper. O los drones y globos fantasma. Y podríamos seguir con mil ejemplos de titulares tergiversados, artículos de opinión pagados, informaciones falsas y propaganda para crear un estado de opinión favorable a la entrada de Europa en la guerra. Vergonzoso
  2. Se está ejerciendo la propaganda del miedo. Miedo a Rusia para atemorizar a la población para poder manejarla y que acepte pagar la factura de la guerra. Hay un precedente de esto: lo sucedido con el COVID. Se atemorizó a la población para controlarla mediante medidas absurdas e ineficaces como el arresto domiciliario y la obligación de llevar bozal, por no hablar de las vacunas. Y la propaganda triunfó. Lo mismo que ahora se quiere hacer creando un clima prebélico.
  3. De hecho, ya no vale la pena seguir los medios europeos para hacerse una idea de lo que está sucediendo en Ucrania. Mucho mejor información se encuentra en la prensa o los medios asiáticos, e incluso en medios norteamericanos encontramos análisis más fidedignos y objetivos, y sobre todo un debate más claro que el europeo, en el que toda disidencia de la verdad oficial se ve inquisitorialmente aplastada o silenciada. Malos vientos soplan en Europa para la libertad de expresión. La verdad se ha convertido en mercancía escasísima. Toda disidencia es “propaganda rusa”. Con razón muchos ya no hablan de la EU, sino de la EURRS.

VIII. Europa, muy culpable

Y llegamos, por fin, al punto clave. No sólo EE. UU., sino también Europa es culpable del inicio de la guerra en Ucrania. Es importante hacer memoria de cómo empieza la guerra: con el golpe de Estado del Maidán de 2013-2014, que lleva en 2014 a una guerra civil en la que Rusia interviene a gran escala en 2022. ¿Maidán, he dicho? Euromaidan, en realidad, y así se suele llamar en las universidades y prensa escrita a lo que los medios europeos nos presentaron como “revolución”.

¿Qué pasó en realidad? Es sabido que EE. UU. (y Soros) llevaban años preparando la caída de Yanukovich a través de su embajada, de la USAID, con fundaciones y más medios. Pero hay que recordar el pretexto por el que se activan de modo planificado las protestas en las calles, que fue la chispa que hizo detonar como golpe de Estado (con unos 90 muertos) los elementos que ya estaban allí. ¿Y por qué surgen esas protestas, alentadas por los USA, la UE y varios oligarcas ucranianos? Por la negativa del Gobierno de Ucrania a firmar un acuerdo de Asociación con la UE que llevaba años preparándose. Portazo ucraniano, por lo tanto, al acuerdo que iba a firmarse pocos días después en Vilnius.

Conozco bien esa historia porque en 2013 yo era asesor del gobierno ucraniano y seguí desde Kiev el proceso y vi las manifestaciones. Y la verdad es ésta: Ucrania se negó a firmar porque el Acuerdo de Asociación perjudicaba a Ucrania. Era imposible aplicar las directivas y exigencias que la UE exigía, y además cada país fue a lo suyo, especialmente Francia y Alemania, pero también el Reino Unido, que trató de que el proceso descarrilara desde el principio. España fue mucho más limpia y apoyó a Ucrania en todo momento.

No se firmó el acuerdo en 2013 y desde aquel punto de partida en Kiev hemos llegado a la actual guerra, con aproximadamente un millón de muertos. Culpable: la UE, además de EE. UU. e intrigantes como Soros y los nefastos oligarcas ucranianos. La UE quería demasiado con el Acuerdo de Asociación. Pero la codicia rompe el saco. Y detrás de toda guerra hay, siempre, insistamos, una causa o un trasfondo económico.

Conclusión

El mundo ha cambiado mucho en los últimos quince años. Mientras que la hegemonía de los USA va perdiendo fuerza, Europa, esa península del continente euroasiático que ya no es el centro del mundo, ha entrado en un preocupante declive económico y político. Y la guerra de Ucrania ha acelerado ese declive hasta niveles que no hubiesen podido imaginarse hace años. Ruina económica. Belicismo. Desinformación y censura. Decadencia.

Despreciada y ninguneada tanto por Rusia como por EE. UU., el fracaso de Europa en la guerra de Ucrania generará una profunda reflexión de la que tal vez salgan importantes cambios en la arquitectura europea de Seguridad y en la propia estructura de la UE y también, sin duda, en la relación con los USA, ahora muy deteriorada. Muchos líderes europeos —los peores políticos de su historia— acabarán cayendo, empezando por Starmer y Macron. Crecerán los partidos euroescépticos y soberanistas.

Europa, nuestra querida Europa, no merece seguir en decadencia. Necesita un giro de 180 grados. ¿Lo veremos? Ojalá.

Luis Fraga, senador en España durante 21 años (1989-2011). Asesor (2013-2014) del Gobierno de Ucrania, y destacado miembro —principal cabeza visible— del Consejo de Dirección del “Instituto para la Paz” en Kiev (2016-2023) hasta su reciente ilegalización. Fundador (2011) del grupo parlamentario informal de amistad entre Ucrania y España. Patrocinador (2022) del primer libro bilingüe en español y ucraniano sobre poesía y pintura ucranianas.

Apuntes a un libro de Héctor Ghiretti sobre la izquierda

Del mismo modo que Borges se preguntaba, no sin alguna ironía, si la metafísica no era sino «una rama de la literatura fantástica», surge a veces la duda sobre en qué parcela del saber se podrían incluir los innumerables libros que, desde su surgimiento como categorías políticas, se siguen escribiendo sobre «la izquierda» y «la derecha». La respuesta ortodoxa a esta cuestión no vacilará en adscribir tales textos al género del «ensayo político», igual que para la escolástica la metafísica siempre ha sido parte del quehacer filosófico. En principio cabe, por lo tanto, calificar de ensayo político el interesante libro que hace algo más de un año ha publicado Héctor Ghiretti sobre «La izquierda» (2002), en cuyas páginas se recopilan algunos trabajos de este autor italo-argentino sobre diversos pensadores encuadrables en dicho campo ideológico.

Se trata, digámoslo de antemano, de un texto sumamente útil. Que en un solo volumen se resuman las tesis aportadas por Aron, Habermas, Bobbio, o Rorty es, de por sí, una magnífica introducción, para quienes no los hayan leído, a la obra de estos autores, mientras que, para quienes ya los conocen, el trabajo incluye otros textos en los que Ghiretti calibra las ideas de figuras menos conocidas como Kolakovski, o incluso Agnoli; también analiza la obra y la trayectoria de un español (Tierno Galván), lo cual es siempre de agradecer, sin que tampoco se echen en falta sendas reflexiones sobre los escritos de Lenin y Stalin. La nómina de ensayistas estudiados por Ghiretti se completa con dos interesantes artesanos de la utopía: Spaemann («Una perspectiva antropológica y moral»; esta abstracta pincelada freudiana en torno al principio del placer no ha de faltar en un análisis sobre la izquierda) y Molnar ( «Thomas Molnar y el gnosticismo moderno»).

En su libro, Ghiretti se propone por lo menos dos objetivos. En primer lugar, resumir la obra, el pensamiento, e incluso las vicisitudes personales y políticas de los mencionados autores. Para ello no se limita a trazar un mero resumen de las ideas de cada uno de ellos, sino que, al contrastarlas con las de otros clásicos, logra que el conjunto de la reflexión y las valiosísimas notas a pie de página se conviertan en una excelente herramienta de referencia para quien desee profundizar en uno u otro detalle de la inmensa bibliografía existente sobre el tema. El segundo objetivo de Ghiretti es señalar las limitaciones de cada uno de los pensadores estudiados, que son, claro está, las limitaciones del pensamiento de izquierdas. Ya el subtítulo del libro dista de llamar a engaño: «La Izquierda: usos, abusos, confusiones y precisiones». Con tal fin, y como si de la búsqueda de un Grial de la izquierda se tratase, Ghiretti procura poner de manifiesto cuál es, para cada autor sometido a crítica, el elemento clave que caracteriza al «verdadero pensamiento de izquierdas». Veamos: para Aron («Raymond Aron y el Mito de la Izquierda»), esta piedra angular esta-ría constituida, más allá de los clásicos valores de libertad e igualdad, por un núcleo eterno y simbólico: « la única izquierda» –escribe Aron– «siempre fiel a sí misma es aquella que invoca no la libertad o la igualdad, sino la fraternidad, es decir, el amor». Muy bien. Pero entonces el «núcleo de la izquierda» habría que buscarlo en los Evangelios. Y no en Marx. No en vano se ha llegado a afirmar, en relación con la izquierda del XX en Rusia, que «el comunismo es un cristianismo que se ha vuelto loco». El esencialismo de Aron, por lo tanto, le haría perderse en su propio laberinto. Ghiretti concluye: «Aron es un hombre de izquierda, bien que de una izquierda antigua y, por lo tanto, empujada a la derecha: esta comprobación debería haber alertado en mayor medida al autor sobre el carácter dinámico del concepto». En el capítulo siguiente, Bobbio es retratado con algo menos de simpatía. Da la impresión, al leerlo, de que Bobbio (quien cifra la esencia de lo que es izquierda en la «igualdad») no habría tratado sino de explicarse a sí mismo cuál es en verdad su propia posición. Cabe añadir, en defensa de Bobbio, que su libro en cuestión («Derecha e Izquierda» (1995); Ghiretti cita el original italiano) no es, en cualquier caso, su mejor trabajo. Aunque, como bien se señala, «si cabe atri-buir algún mérito indiscutible al esfuerzo teórico de Bobbio, éste es el de la demoledora argumentación a favor de la vigencia del binomio [izquierda y derecha] en el escenario político actual».

No mejor parados salen otros dos héroes de nuestro tiempo: Haber-mas («La izquierda emancipatoria; el proyecto político de la Moderni-dad en Jürgen Habermas») y Rorty («Del reformismo social al radicalismo crítico: Richard Rorty y la restauración de una izquierda militante»). Del primero queda claro que no acaba de entenderse su rechazo y aver-sión hacia el poder, porque con ello se negaría la posibilidad, esencial para la izquierda, de la igualdad impuesta desde aquél. Desde una óptica de izquierdas, «la emancipación» lograda giraría en el vacío. En cuanto a Rorty, tan cuidadosamente elogiado en los últimos años por un sector de la intelectualidad española de izquierdas (recordemos, entre otros, los excelentes comentarios que a su obra ha hecho Rafael del Águila), la conclusión que parece extraerse del texto de Ghiretti lo encuadraría en el perfil intelectualmente voluntarista de una «nueva izquierda» que, aunque logre en parte desmarcarse de restos de la antigua, lo hace semi-confundiéndose con algunas manifestaciones de la «nueva derecha»: nada más lógico en un pragmatista, pero de poca utilidad si lo que se buscan son ideas claras.

Laberinto, pues. Sobre todo para quienes, de buena fe, por «sentimiento» o por «creencia» (es espléndido que Ghiretti introduzca en su reflexión ambos términos, el segundo tan emparentado con la noción de «Teología Política» que conocen los lectores de Carl Schmitt) se siguen considerando «de izquierdas».

Recapitulemos: la izquierda, para Bobbio (igual que para Aleix Vidal Quadras, cuyo libro «Qué es la Derecha» Ghiretti no cita) se cifraría en el concepto de «igualdad». Aron, ya se sabe, no da en la diana; el siempre sobrevalorado Habermas, menos aún. Rorty, el pragmatista, nos habla, ¡ay¡, de otro planeta. En cuanto a Stalin y Lenin, más vale ahorrarse comentarios. Y, sobre los dos utopistas mencionados, baste con esbozar una sonrisa de amable simpatía. Claro está, por otro lado, que el texto de Ghiretti se limita a la obra de unos pocos autores entre los que no figuran ni Marx, ni Mao, ni Engels ni Gramsci. Ello es debido a que el libro en cuestión es, no lo olvidemos, una recopilación de artículos publica-dos por él mismo con anterioridad; al parecer, el autor está preparando una obra más amplia, más transversal, sobre el conjunto del pensamiento de izquierdas, y tal vez en ella se eche mano de un recurso eficaz: el contraste de estas ideas con otras no necesariamente opuestas que han sido desarrolladas por autores de «la derecha»; ahí tal vez se encuentren algunas de las claves «a través del espejo en el enigma» que puedan contri-buir a dar nitidez a los conceptos que estamos tratando.

Y es que las preguntas, en cualquier caso, siguen estando abiertas:

¿Qué es, hoy, la «derecha»? ¿Qué es, hoy, la «izquierda»? ¿Qué sentido tiene, en nuestros días, tal distinción? ¿Será en el futuro sustituida por otra y, de ser así, será ésta también dualista? No hace falta pensar mucho para afirmar que ninguna de estas cuestiones tiene, en el campo de las ideas, una respuesta fácil. Ni, tampoco, clara. Si ya es difícil no ya definir, sino incluso trazar una caracterización general de lo que es el poder político (desde Santo Tomás a Max Weber lo han intentado), mucho más lo es hacerlo con dos conceptos, «derecha» e «izquierda», que, además de ser cambiantes en el tiempo, en lo esencial se refieren a conjuntos de principios, valores, doctrinas y teorías sobre los diversos modos de concebir o aplicar el poder político y las consecuencias de éste sobre las personas. Es más: mientras que a la duda sobre qué es el «Poder Político» cabe aplicarle lo que San Agustín dijo sobre el tiempo («si alguien me pregunta, lo sé, si se me pide que lo explique, no puedo»), en cambio a veces da la impresión de que ni siquiera esta respuesta o evasiva sería válida para referirse a la «izquierda» o, en expresión de Gustavo Bueno, a «las izquierdas», cuya común característica invariable precisamente consiste en que se trata de nociones sumamente variables.

Y si esto es así en las distancias largas de la teoría, mucho más confuso (aunque no más complejo) se presenta el panorama en la corta distancia de los hechos. En efecto: ¿Realiza en nuestros días el laborista Blair una política de izquierdas? ¿Lo hace el socialdemócrata Schröeder? ¿Es de izquierdas, como sorprendentemente se ha llegado a afirmar, bajar los impuestos? El galimatías conceptual es evidente. Y uno de sus resulta-dos lo vemos en las librerías: no hay mes en el que no aparezca un nuevo libro en busca de una nueva reflexión sobre la izquierda. Por otro lado, el debate en la prensa escrita es amplísimo, y de él tal vez se pueda destacar como todo un síntoma el texto que hace algo más de un año publicó Ignacio Sotelo, (sin duda una de las más lúcidas cabezas de la izquierda española) en el que de su pedestal se derribaba nada menos que a «la igual-dad» como uno de «Los dos mitos del siglo XX».

Así las cosas, y si volvemos a la pregunta sobre en qué género incluir los textos, abundantes según se comprueba, que teorizan sobre «la izquierda», cabe proponer, sobre esta línea de trabajo, dos respuestas algo menos ortodoxas. La primera se basa en el transcurso del tiempo y en cómo éste pone, al parecer, las cosas en su sitio. ¿Qué valor tiene hoy la antigua querella dualista entre nestorianos y monofisitas? ¿O entre güel-fos y gibelinos? Quien quiera profundizar en éstos y en otros dualismos del pasado no vacilará sobre los libros a los que ha de echar mano. Que son, como todos sabemos, los de Historia.

Ahora bien: da la impresión de que todavía tendremos que esperar varias generaciones –y quién sabe si incluso siglos– para que la oposi-ción derecha/izquierda quede relegada, en lo político, al estatuto de vieja querella del pasado. No sólo se sigue hablando de izquierdas y derechas, sino que se refuerza el carácter mutable y dinámico de lo que por unas y otras se entiende. Y es que la disminución en la frecuencia del empleo de ambos términos durante los años que siguieron a la demolición del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética fue, además de aparente, transitoria. En efecto, pasado el desconcierto inicial, la vigencia de la contraposición ha vuelto a cobrar fuerza en torno al cambio de milenio. Impulsada, como es sabido, desde la izquierda. Aunque bien es verdad que con una faz renovada: estos propagandistas parecen haber elegido ahora dos nuevos ámbitos políticos. Por un lado, el de la conservación (quién lo diría) del Medio Ambiente. Como si fuese terreno exclusivo de una sola ideología. Por otro, el de las Relaciones Internacionales: ahora los «oprimidos» no serían por lo visto los integrantes de una clase social, sino, según nos dicen, pueblos enteros «excluidos del reparto de rique-zas en el mundo de la globalización». Como si la causa de las desigualdades obedeciese tan sólo a un diabólico designio neocolonial de los «opresores», y no más bien a una debilidad en las instituciones estatales y de la sociedad en determinados lugares. Llama la atención, aunque no sorprenda, el hecho de que las nuevas tecnologías de Internet y de telefonía móvil (es decir, el verdadero sustrato de la llamada globalización, que es un fenómeno de cuño tecnológico) sean el medio por el que ahora se convocan tanto las manifestaciones «antiglobalización» como sus primas hermanas que bajo loables lemas pacifistas no siempre es ésa, sino más bien otra, y del todo distinta, la intención que persiguen.

Por lo tanto: no son, de momento, los libros de Historia, el género literario en el que han de encuadrarse las publicaciones sobre derechas e izquierdas. Como bien señalaba Bobbio y Ghiretti nos recuerda, la antinomia no ha perdido vigor. Busquemos, pues, otra respuesta a la pregunta sobre cómo clasificar los libros sobre el binomio. Sobre ella nos da una pista el propio Borges en su relato «Los Teólogos», que narra la atroz discusión que en el Imperio Bizantino mantienen dos aspirantes a la santidad. Se enfrentan entre sí dos modos en apariencia distintos de entender el Bien y el Mal. Ambos teólogos, claro está, no discuten sobre si la esencia de la izquierda era la igualdad, la libertad, la emancipación o el progreso. Aún no había nacido esta creencia. Que, como casi todas, es un producto de su época. Y es que «la izquierda» (y con ella «la derecha»), es la resultante de la exacerbación de la fe en otra diosa; ésta, cuyo atributo son «Las Luces», es del siglo XVIII: La Razón. La misma cuyas sombras acierta a dibujar el Goya escritor de aforismos. He aquí, pues, el centro del laberinto: derecha e izquierda como productos de la Ilustración. De aquí su fuerza. Su vigencia, Y, por supuesto, sus limitaciones. Que no son sólo las de la Modernidad. Recordemos el final del relato de Borges: uno de los teólogos consigue que el otro sea quemado como hereje, pero no logra escapar al mismo destino: poco después es abrasado por un rayo. Ambos se encuentran en el Cielo y por fin comprenden que, para Dios, el uno no podía existir sin el otro. Cada cual puede extraer sus consecuencias de la metáfora de Borges.

BIBLIOGRAFÍA

Bobbio, N. (1995): Derecha e Izquierda. Taurus, Madrid. Ghiretti, H. (2002): La izquierda, Ariel, Barcelona.

Reconstruir los puentes con Rusia

Francia e Italia han dado el primer paso. Tras cuatro años en los que los países de la UE se han negado a hablar con Rusia, es decir han negado la diplomacia justo cuando más falta hace ésta, Macron y Meloni por fin se han dado cuenta del inmenso error que es negarse al diálogo con Rusia en tiempos de guerra. Han sabido rectificar.

Ello cambia bastante las cosas. Desde 2022, la UE ha sido inflexible: no hablar con Rusia, ni tampoco con Bielorrusia. El relato es claro: «Rusia ha agredido a una democracia ejemplar por puro imperialismo en una guerra no provocada». Pero, ¿Qué pasa si el relato es falso? ¿Qué pasa si la democracia de Ucrania -uno de los países más corruptos del mundo- dista de ser ejemplar? ¿Qué pasa si Rusia no invadió por imperialismo (territorio no necesita el país más extenso del planeta), sino para proteger a los millones de rusos étnicos del Este de Ucrania cuya lengua materna había sido proscrita? ¿Qué pasa, subrayemos esto, si Rusia invadió para impedir que Ucrania, en contra de lo pactado años atrás, entrase en la NATO? ¿Qué pasa si la guerra no es improvocada?

Y, sobre todo: ¿Qué pasa si esta ruptura total con Rusia, incluso hasta negar la diplomacia y el diálogo, ha sido económicamente ruinosa para Europa? Pero Francia e Italia han entendido que la narrativa vigente hasta ahora es descabellada y perjudica sobre todo a Europa. Romper los puentes con Rusia nos perjudica a todos. Como siempre, los países mediterráneos, con más solera y sabiduría que los países norteños son, somos, los más juiciosos.

Ello se vio en la política de sanciones a Rusia que, sobre todo, más que a los rusos, nos ha perjudicado en Europa a quienes, como España, Francia o Italia, exportábamos productos del sector primario que Rusia necesita. Siempre fuimos bastante más escépticos con esas sanciones que el resto de Europa, pero por imponerlas la UE no rechistamos. Y más claro se ha visto en la política de visados: Francia, Italia, Grecia y España sí dan visados turísticos a los rusos. Lógico, pues somos países en buena parte dependientes del turismo. En cambio, Alemania y Países Bajos, y no digamos Polonia y los países bálticos o los nórdicos se niegan. Allá ellos. El turismo ruso es un turismo de calidad y con mayor gasto por persona que el británico, por ejemplo.

Sanciones económicas que van contra la propia Europa; negación de visados al turismo de calidad; interrupción de los contactos comerciales y de inversión; negativa a comprar gas o petróleo a Rusia para cómpraselo más caro a los USA. Europeos: ¡sois unos genios! Pero no es eso lo peor. Lo peor es que se niegue el diálogo y la diplomacia, a diferencia de lo que hacen los USA de Trump, que no la descuidan con Rusia y además les interesa en este momento. ¿Y, a la vez, la UE quiere estar en la mesa de negociaciones con Rusia sobre la paz en Ucrania? Ridículo.

Pero, en realidad, ¿qué está pasando? Resumamos cómo funciona la UE. El Consejo (los gobiernos de cada país) transmite instrucciones a la Comisión (cuyos miembros nadie ha elegido, sino cooptado), a cuyo timón en política exterior están la inaudita von der Leyen y la insensata Kaja Kallas, partidarias de la guerra contra Rusia, que difícil resulta saber si han huido de un manicomio o intentan crearlo en Bruselas. Y la Comisión toma las decisiones y comete los errores

Tremendo dislate contra el que Francia e Italia han levantado la voz de alarma. Por desgracia, España no cuenta en esta ecuación, porque al nefasto Sánchez no le interesa la verdadera política, que es la política exterior, y sólo se preocupa, con el risible Albares, de mantenerse en el poder.

Hay que dialogar con Rusia. Y es necesaria la paz en esta guerra mediante el diálogo y la diplomacia. Si no se firma la paz ahora, Rusia seguirá avanzando inexorablemente hacia el Oeste y tomarán Odesa, con lo que Ucrania quedará sin salida al mar como Estado roto y fallido.

Inteligente y oportuna es la iniciativa de Francia e Italia para restaurar puentes con Rusia. Ojalá los demás la secunden. No será fácil. Pero es el único modo con el que Europa no pierda la comba de la Historia.

Artículo publicado en “La Razón”, el 18 de marzo de 2026. Reconstruir los puentes con Rusia (I)